Jessica Ruidiaz durante una actividad de visibilización del duelo gestacional y perinatal de Fundación Era en Abril.

Cuando un bebé muere durante el embarazo, el parto o después de nacer, no solamente se interrumpe una vida. También se transforma profundamente la vida de quienes esperaban, amaban y habían comenzado a construir un futuro junto a él.

El duelo gestacional y perinatal es una experiencia profundamente humana que, durante mucho tiempo, permaneció invisibilizada. Aunque en los últimos años se han producido avances en su reconocimiento, muchas madres y padres todavía encuentran dificultades para expresar su dolor y recibir el acompañamiento que necesitan.

Una de las particularidades de este duelo es que, con frecuencia, el entorno no llegó a conocer al bebé o compartió muy poco tiempo con él. Sin embargo, la duración de una vida no determina la profundidad del vínculo ni la importancia de su existencia.

Quienes hemos vivido la muerte de un bebé sabemos que no son las semanas de gestación ni los días compartidos los que determinan cuánto amamos a nuestros hijos. Porque nuestro vínculo no comenzó con su muerte ni terminó con ella.

Un vínculo que comienza mucho antes del nacimiento

La relación con un hijo puede comenzar incluso antes de la concepción, cuando aparece el deseo de tenerlo y se empieza a imaginar su llegada.

Durante el embarazo, ese vínculo puede construirse a través de las expectativas, los cambios corporales, las ecografías, los movimientos, la elección de un nombre y los proyectos familiares.

Cuando un bebé muere, las madres y los padres no solamente enfrentan su ausencia física. También pueden experimentar el dolor de no haber podido compartir con él todo aquello que habían imaginado: verlo crecer, conocer su personalidad, acompañar sus descubrimientos y participar de su vida.

No se trata únicamente de lo que sucedió, sino también de todo aquello que ya no podrá suceder de la manera esperada.

Por eso, minimizar esta experiencia por las semanas de gestación o el tiempo que el bebé vivió desconoce la singularidad de cada vínculo.

La maternidad y la paternidad no se miden por el tiempo compartido. La muerte de un bebé no borra su existencia ni el lugar que ocupa en la historia de su familia.

¿Por qué el duelo perinatal continúa siendo incomprendido?

En nuestra sociedad persisten creencias que dificultan el reconocimiento de este duelo.

Expresiones como «sos joven, podés tener otro», «por suerte fue al principio» o «tenés que ser fuerte» suelen pronunciarse con la intención de consolar, pero pueden generar un profundo sentimiento de incomprensión.

Estas frases desplazan la atención hacia un posible futuro y dejan de reconocer al bebé que murió y el dolor que su ausencia provoca en el presente.

Ningún hijo reemplaza a otro. La posibilidad de un nuevo embarazo no elimina la existencia, el vínculo ni el significado del bebé que murió.

El silencio también puede resultar doloroso. Cuando familiares, amigos o profesionales evitan mencionar al bebé por temor a provocar tristeza, pueden transmitir involuntariamente la idea de que es mejor no hablar de lo sucedido.

Sin embargo, para muchas familias, poder nombrar a su hijo, compartir recuerdos y hablar de su experiencia constituye una necesidad importante.

Una de las experiencias más dolorosas que podemos vivir como madres y padres es la muerte de un hijo. Pero hay otro dolor que la sociedad muchas veces no alcanza a comprender: sentir que nuestro hijo está siendo olvidado.

Como expresa una frase atribuida a Deanne Palpallatoc:

«Lo peor que le puede pasar a una madre es perder a su hijo.
Lo peor que le puede pasar a una madre que ha perdido a su hijo es que su hijo sea olvidado».
— Deanne Palpallatoc

Muchas de nosotras hemos tenido que explicar, justificar e incluso defender nuestro dolor. Como si además de atravesar la muerte de nuestros hijos tuviéramos que convencer a los demás de que tenemos derecho a sufrir por ellos.

Ninguna madre ni ningún padre debería tener que demostrar que su hijo existió para que su duelo sea reconocido.

No podemos seguir pretendiendo que una madre o un padre atraviesen en silencio la muerte de su bebé solamente porque la sociedad no sabe qué hacer frente a ese dolor.

Lo que no se reconoce no deja de existir. Lo que se silencia no deja de doler.

No existe una única manera de atravesar el duelo

Cada persona vive el duelo desde su propia historia, sus vínculos, sus recursos emocionales, sus creencias y las circunstancias de la muerte.

Algunas personas necesitan hablar reiteradamente de lo sucedido. Otras prefieren el silencio. Algunas buscan retomar determinadas actividades y otras necesitan más tiempo para reorganizar su vida cotidiana.

También pueden aparecer tristeza, enojo, culpa, miedo, ansiedad, dificultades para concentrarse, alteraciones del sueño y una profunda sensación de desconcierto.

Estas experiencias no se presentan necesariamente en un orden determinado ni con la misma intensidad en todas las personas.

El duelo no es una sucesión obligatoria de etapas que deban completarse para alcanzar una supuesta normalidad.

Tampoco existe un plazo universal a partir del cual alguien debería sentirse mejor.

Desde una perspectiva humanista centrada en la persona, comprender el duelo implica reconocer la singularidad de cada experiencia, sin imponer tiempos, interpretaciones ni maneras correctas de sentir.

A muchas de nosotras nos dijeron que teníamos que ser fuertes, seguir adelante y ocuparnos de todo. Pero pocas veces nos preguntaron qué necesitábamos realmente.

Y cuando una persona siente que debe sostenerlo todo, puede terminar dejando de escucharse a sí misma.

El problema no es que una persona continúe sintiendo dolor, sino que muchas veces se espera que deje de expresarlo para que los demás puedan sentirse cómodos. El duelo no tiene que adaptarse a las expectativas del entorno.

Cuando la vida cambia profundamente

La muerte de un bebé puede modificar la manera en que una persona se percibe a sí misma, se relaciona con los demás y comprende el mundo.

Aquello que antes parecía seguro puede dejar de serlo. Pueden surgir preguntas sobre el sentido de la vida, la maternidad, la paternidad, la propia identidad y el futuro.

En ocasiones, también se producen cambios en la relación de pareja, en los vínculos familiares, en la vida social y en el ámbito laboral.

El duelo no ocurre de manera aislada: atraviesa diferentes dimensiones de la existencia.

Por eso, acompañar a una persona en duelo requiere mucho más que intentar aliviar su tristeza. Implica ofrecer un espacio donde pueda reconocer lo que le sucede, expresar sus necesidades y encontrar sus propios recursos para transitar una realidad que ha cambiado.

Quienes hemos atravesado la muerte de un hijo sabemos que no solamente cambia nuestra vida: también puede cambiar profundamente la manera en que nos reconocemos a nosotros mismos. Hay un antes y un después.

Después de la muerte de un hijo, no siempre se trata de recuperar la vida que teníamos. A veces, esa vida ya no existe tal como la conocíamos.

El desafío es descubrir quiénes somos ahora y cómo queremos continuar viviendo con una historia que nos ha transformado.

Seguir viviendo no significa olvidar

Una de las preocupaciones que pueden aparecer durante el duelo es sentir que continuar con la propia vida equivale a dejar atrás al bebé.

Volver a reír, disfrutar de una actividad, retomar proyectos o pensar en el futuro puede despertar sentimientos contradictorios e incluso culpa.

Sin embargo, el amor y el dolor no tienen por qué permanecer unidos de la misma manera para siempre.

Con el tiempo, y a través de un proceso profundamente personal, es posible encontrar nuevas formas de relacionarse con la ausencia, conservar el vínculo afectivo y dar lugar a otras experiencias significativas.

Integrar el duelo no significa olvidar, reemplazar ni dejar de amar.

Significa que la experiencia de la muerte pueda encontrar un lugar en la propia historia, sin que toda la existencia quede definida exclusivamente por el sufrimiento.

No tenemos que elegir entre recordar a nuestros hijos y volver a ser felices. Podemos seguir amándolos, extrañándolos y construyendo una vida que también tenga lugar para la alegría. Una cosa no invalida la otra.

El papel de los profesionales de la salud

Para muchas familias, la muerte de su bebé ocurre en un contexto hospitalario. La manera en que reciben la noticia, el trato del equipo de salud y las posibilidades de despedirse pueden dejar una huella profunda en su experiencia de duelo.

Los profesionales necesitan estar preparados no solamente para brindar atención médica, sino también para comunicar con sensibilidad, reconocer la existencia del bebé y respetar las necesidades y decisiones de sus padres.

Ofrecer la posibilidad de verlo, sostenerlo, nombrarlo o conservar recuerdos, cuando las circunstancias lo permiten y la familia así lo desea, puede tener un significado muy importante. Estas posibilidades deben ofrecerse con respeto, sin imponerlas ni decidir por los padres qué es lo mejor para ellos.

La atención que recibe una familia cuando su bebé muere no puede limitarse a lo que sucede desde el punto de vista médico. La manera en que es tratada también forma parte de la historia que llevará consigo.

La importancia de un acompañamiento respetuoso

No todas las personas necesitan acompañamiento terapéutico para atravesar un duelo. Sin embargo, contar con espacios de escucha y comprensión puede resultar valioso, especialmente cuando el entorno no logra reconocer la profundidad de lo vivido.

Un acompañamiento respetuoso no busca indicar cómo debería sentirse una madre o un padre, ni acelerar su proceso.

Se trata de ofrecer una relación basada en la empatía, la aceptación y el respeto por la experiencia individual, donde cada persona pueda explorar sus emociones, reconocer sus necesidades y encontrar su propia manera de continuar.

Nuestros hijos no necesitan haber vivido más tiempo para merecer un lugar en nuestra historia. No necesitamos olvidarlos para continuar viviendo, ni dejar de nombrarlos para que los demás se sientan cómodos.

El duelo gestacional y perinatal no necesita que la sociedad nos enseñe a olvidar. Necesita una sociedad que aprenda a reconocer, respetar y acompañar.

Porque reconocer el duelo gestacional y perinatal también significa reconocer que ese bebé existió, que su vida tuvo valor y que su ausencia merece ser escuchada.

Jessica Ruidiaz

Consultora Psicológica · Counselor · Terapeuta en Duelos

Especialista en Duelo Gestacional y Perinatal, Embarazos posteriores y Procesos de fertilidad después del duelo.

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