Poema: “Voy a seguir” (Marcela Opaza Castro)

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Voy a seguir.

Voy a seguir creyendo, aún cuando la gente pierda la esperanza.
Voy a seguir dando amor, aunque otros siembren odio.
Voy a seguir construyendo, aún cuando otros destruyan.
Voy a seguir hablando de paz, aún en medio de una guerra.
Voy a seguir iluminando, aún en medio de la oscuridad.
Y seguiré sembrando, aunque otros pisen la cosecha.
Y seguiré gritando, aún cuando otros callen.
Y dibujaré sonrisas, en rostros con lágrimas.
Y transmitiré alivio, cuando vea dolor.
Y regalaré motivos de alegria donde solo haya tristezas.
Invitaré a caminar al que decidió quedarse.
Y levantaré los brazos, a los que se han rendido.

Porque en medio de la desolación, siempre habrá un niño
que nos mirará, esperanzado,
esperando algo de nosotros.
Y aún en medio de una tormenta, por algún lado saldrá el sol
y en medio del desierto crecerá una planta.
Siempre habrá un pájaro que nos cante, un niño que nos sonría
y una mariposa que nos brinde su belleza.

Pero… si algún día ves que ya no sigo, no sonrío o callo,
solo acércate y dame un beso, un abrazo
o regálame una sonrisa.
Con eso será suficiente, seguramente me habrá pasado
que la vida me abofeteó y me sorprendió por un segundo.

Solo un gesto tuyo hará que vuelva a mi camino.
Nunca lo olvides…

“No vayas por donde el camino te lleve, ve por donde no hay camino y deja tu propia huella”

Autora: Marcela Opaza Castro

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¿Qué te enseñó tu hijo?

Lecciones de vida.

Adaptado por Joanne Cacciatore para padres dolientes y traducido por Carla Hoffmann

Amor

❤ He aprendido que a la gente no le importa cuánto sabes hasta que saben que te importa.

❤ He aprendido a no juzgar a los demás, por lo que pienso lo que digo y no digo lo que pienso.

❤ He aprendido que me está tomando mucho tiempo convertirme en la persona que quiero ser.

❤ He aprendido que un niño que sólo ha vivido unos momentos puede ser mi más grande maestro.

❤ He aprendido que puedo seguir adelante mucho después de que pensé que no podía más.

❤ He aprendido que somos responsables por lo que hacemos, independientemente de cómo nos sintamos.

❤ He aprendido que los héroes son aquellas personas que hacen lo que se necesita hacer, sin importar sus circunstancias personales.

❤ He aprendido que saber perdonar requiere de mucha práctica.

❤ He aprendido que los amigos se convierten en extraños y que los extraños se convierten en amigos.

❤ He aprendido que la ignorancia no es excusa para la falta de compasión.

❤ He aprendido que la ignorancia engendra ignorancia.

❤ He aprendido que algunas personas nunca, jamás entenderán.

❤ He aprendido que hay personas que me quieren mucho, pero que no saben cómo demostrármelo.

❤ He aprendido que el verdadero amor continúa creciendo, sin importar la más grande de las distancias.

❤ He aprendido que la comunidad en el dolor es la más fuerte de todas.

❤ He aprendido que no siempre es suficiente ser perdonada por otros. En ocasiones hay que aprender a perdonarme a mí misma.

❤ He aprendido que no importa cuán roto esté mi corazón, el mundo no se detendrá por mi duelo.

❤ He aprendido que la vida puede cambiar en cuestión de minutos.

❤ He aprendido que escribir, al igual que hablar, puede ayudar a disminuir mi dolor.

❤ He aprendido a confiar en mi.

❤ He aprendido que la gente que más quiero, siempre será arrebatada de mi vida demasiado pronto.

❤ He aprendido a dejar a mis seres queridos con palabras de amor. Puede ser la última vez que los vea.

❤ He aprendido que el amor no se mide por la cantidad de tiempo que tuve con alguien.

❤ He aprendido que hay dolor tan profundo que no tiene palabras… Al igual que el amor.

 

¿Qué te enseñó tu hijo?

He aprendido

 

Clr Jessica Ruidiaz
Presidente de Fundación ERA EN ABRIL
Consultora Psicológica especializada en Acompañamiento en duelo por muerte Gestacional, Perinatal e Infantil y nuevo embarazo luego de la pérdida. Turnos: clr.jessicaruidiaz@hotmail.com | (011)15-6172-6609

 

 

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“Cuando el alma se abre paso entre el dolor.” Por Clr Analia Forti

El dolor es un maestro existencial que enseña a través de experiencias vivenciales que desearíamos evitar y que sin embargo son las que construyen nuestros aprendizajes más profundos.

La experiencia de la pérdida de un ser querido es quizás el suceso más traumático del alma y constituye un quiebre en el modo de ver el mundo y de estar en él. En algunos la pérdida representa un quebranto en su fé y en otros un acercamiento a ella, pero a todos se nos rasga el alma en la vivencia de esa separación definitiva e incierta.
Morir puede ser un acto involuntario o provocado, por sí mismo o por otro y en cualquiera de sus formas la pregunta que estruja el alma es la misma…
¿por qué?…

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Counseling Grupal

Acompañamiento Psicológico Grupal

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“Salir del dolor de perder a un hijo para ayudar a otros.” (LA NACIÓN)

Quiero compartir con ustedes esta hermosa nota realizada por Iván Pérez Sarmenti, corresponsal del Diario La Nación a referentes de organizaciones que brindamos apoyo a padres de hijos fallecidos. En orden estamos: Alicia y Gustavo Berti (fundadores de Renacer), Clr Jessica Ruidiaz (fundadora de Fundación Era en Abril), María Esther Rodríguez (Fundadora de Fundación María Cecilia de ayuda al niño oncológico) y Silvia Irigaray (Asociación Madres del Dolor).

Padres que a causa de sobrellevar el peor duelo deciden resignificar el sufrimiento para contener a pares que atraviesan la misma situación o para evitar que otros chicos tengan el mismo destino que tuvieron sus hijos

Por Iván Pérez Sarmenti  | Para LA NACION

Todos coinciden en que es un dolor tan grande que nadie se anima a ponerle nombre. No hay manera de nombrar a un padre al que se le murió un hijo. Y aunque sumidos en lo peor que pudo pasarles en la vida, muchos decidieron construir desde la pena para ayudar a otros pares que atraviesan la misma situación o para evitar que otros chicos tengan el mismo destino que tuvieron sus hijos.

Con esa premisa, una de las primeras organizaciones que se fundó en la Argentina fue el Grupo Renacer, creado en 1988 en Río Cuarto, Córdoba, por iniciativa de Alicia Schneider y Gustavo Berti, papás de Nicolás, fallecido en un accidente a los 18 años. Hoy tiene sedes en casi toda la Argentina, Uruguay, Paraguay, Chile, Panamá, México y España.

“La muerte de un hijo es un enigma y el hecho de que no tenga un nombre te obliga a buscar algo más allá de lo conocido y del duelo. Nosotros planteamos una respuesta trascendente: salir de nuestro dolor para ayudar a otros que sufren”, explica Berti.

Renacer es un grupo de ayuda mutua donde no hay ninguna jerarquía ni institucionalización, y está basado en la logoterapia, la escuela de psicoterapia vienesa de Viktor Frankl que se centra en encontrarle sentido a la propia vida tal cual es, aun en las situaciones más difíciles. “Tenemos que transformar la tragedia en un triunfo personal, en un logro humano”, continúa Berti, que desde hace 15 años dejó la neurocirugía para convertirse en logoterapeuta.

“Toda nuestra tarea es gratuita y buscamos un paradigma que nos cobije a todos, independientemente de la edad y causa de muerte de nuestros chicos, y está abierto a padres, abuelos y todo aquel que sufre por la muerte de nuestros hijos”, afirma Berti, que marca una diferencia sustancial con otros grupos: “Las asociaciones que se agrupan en torno de una causa de muerte están en contra de algo que quieren revertir; nosotros queremos armar una memoria colectiva a favor de la vida”. Renacer este año festejara sus 25 años en noviembre con un encuentro en Huerta Grande, Córdoba, al que ya confirmaron su asistencia más de 600 personas y donde una vez más, entre todos, intentarán buscarle un sentido a la tragedia.

Aliviar la pena

Jessica Ruidiaz en Suelta de Globos Planetario de Bs AsSe me ha hecho pedazos mi sueño mejor, se ha muerto mi niño , dice la letra de Era en abril, la canción de Jorge Fandermole, y Jessica Ruidiaz se sintió completamente identificada cuando la escuchó. Unos días antes, el 27 de abril de 2006, había fallecido Sofía, su beba de tan solo dos meses, y ella sumida en el dolor más grande, decidió buscar ayuda porque necesitaba contención para poder aliviar su pena.

“Me sentía incomprendida. El psicólogo no me alcanzaba, la gente no sabía cómo ayudarme y trataba de minimizarlo, de distraerme para que estuviera mejor, pero yo terminé con ataques de pánico porque necesitaba evacuar mi dolor y llorar”, explica Jessica, que a partir de su experiencia creó Era en Abril, la primera organización en América latina que provee ayuda a los padres de bebes fallecidos en el embarazo, en el parto o después de nacer.

Se decidió a crear su propio espacio porque no encontró ningún grupo específico para padres que habían perdido bebés. Una de las personas con la que más se identificaba era Adriana, mamá de Franco, a quien conoció en el sanatorio porque sus hijos estaban internados uno al lado del otro y fallecieron con pocos días de diferencia.

“Con ella hicimos el duelo juntas, hablábamos todos los días por teléfono, llorábamos, recordábamos a nuestros bebés y unidas fuimos saliendo adelante”, recuerda. Y así pensó que era necesario hacer un grupo específico donde poder encontrarse y apoyar a otros padres que pierden un hijo. “Tomé esa tarea como propia, como la misión que me dejó Sofía”, afirma.

IMG_0427 (Copiar)“Empezamos las reuniones presenciales en mi casa, que se extendían hasta las 12 de la noche y llegábamos a ser 12 personas en mi pequeño departamento por reunión semanal”, recuerda.

Hoy cuentan con sedes en 11 estados de México, Venezuela, Chile y Estados Unidos, y reciben sólo en la Argentina entre 60 y 100 consultas todas las semanas. Además, este mes comienzan a dar charlas en el Hospital Materno Infantil de Avellaneda, provincia de Buenos Aires, no sólo para ayudar a los padres, sino también a los profesionales para que sepan cómo enfrentar esa situación.

“Luego de que te dan la noticia, el momento más duro es irte del sanatorio con las manos vacías. Es la sensación más fea del mundo -explica Jessica-. Los obstetras, que se preparan para traer vidas al mundo, tampoco saben qué hacer en ese momento. Es duro para todos, no sólo para los padres.”

Era en Abril no cuenta con ninguna ayuda oficial y se mantiene gracias a bonos contribución de sus participantes. Pero de todas maneras tratan de brindar lo más importante que necesita un padre en ese momento: un hombro donde llorar hasta poder, de a poco, acostumbrarse a convivir con el dolor.

Oncología infantil

La leucemia es el cáncer que se da con más frecuencia en los niños y es el que padeció María Cecilia Trotta, a quien le habían indicado un trasplante de médula. Y aunque encontraron un donante compatible en Israel, y gracias a una colecta que realizaron sus padres con el apoyo de la comunidad de Beccar (al norte del conurbano bonaerense) pudieron juntar el dinero necesario, no logró vencer la enfermedad y falleció el 10 de abril de 1991.

Sus padres, María Ester Rodríguez y Osvaldo Trotta, que habían logrado juntar 80 mil dólares, decidieron hacer un plebiscito entre los que habían colaborado para decidir el destino de ese dinero que no habían podido usar.

“Esa plata no era nuestra”, afirman estos padres, que comenzaron a reunirse con otros que habían vivido la experiencia de tener un hijo con esa enfermedad y decidieron crear la primera fundación pediátrica latinoamericana con un servicio propio de oncología infantil dentro de un hospital público municipal.

Así nació la Fundación María Cecilia de Ayuda al Niño Oncológico, que hoy funciona dentro del Hospital Materno Infantil de San Isidro con cuatro médicos que ellos costean.

“El hospital nos presta el lugar y nos brinda el servicio de internación”, explica Sol, hermana de María Cecilia. Ella trabaja en la fundación y percibe un sueldo, a diferencia de sus padres, que si bien son los fundadores y el alma del proyecto, jamás tocaron un peso.

Osvaldo es remisero y María Ester, artesana, y viven de su trabajo porque ellos mismos establecieron que nadie de la comisión directiva puede recibir un sueldo de la organización.

“Todo lo que recaudamos es para ayudar a los chicos y queremos ser absolutamente transparentes”, explica Osvaldo durante una mañana en el bar del hospital, luego de haber trabajado toda la noche. Está sin dormir, pero accedió acercarse al hospital para contar su historia a la nacion, aunque él y su mujer aún hoy, a más de 22 años de la muerte de su hija, eviten volver al hospital y, sobre todo, al área de internación.

“Nosotros hacemos lo que haga falta, pero venir y ver a los chicos internados aún hoy nos hace muy mal. Enseguida viene el recuerdo de todo lo que pasamos con María Cecilia”, confiesa Osvaldo.

Hoy, la Fundación María Cecilia atiende más de 3.500 consultas por año y allí, cuatro de cada cinco chicos con leucemia logran curarse. Todo se realiza sin aportes ni subsidios oficiales, sólo con la ayuda de particulares y de lo que recaudan a través de distintas actividades, como el recital que Valeria Lynch realizó el 30 de septiembre en el Teatro Nacional de Buenos Aires a beneficio de la fundación.

Pero como explica María Ester, no todo es dinero: “Necesitamos plata para sostener el servicio y los remedios para los chicos, pero sobre todo necesitamos manos dispuestas a ayudar. A veces es necesario conseguir un remedio o arreglarle la casa a un chiquito de bajos recursos para que pueda volver a su casa”.

Búsqueda de justicia

Maximiliano Tasca tenía 25 años cuando fue asesinado en 2001 junto a otros dos chicos en una estación de servicio en Floresta por un suboficial retirado de la Policía Federal. Ese fue el golpe más duro para su mamá, Silvia Irigaray, pero lo primero que hizo apenas lo vio tirado en el piso fue llamar al Incucai para tratar de donar sus órganos. Así, las corneas y las válvulas del corazón de Maxi pudieron ir a personas que estaban esperando un trasplante.

“Ahí se marcó mi camino. Empezó otra vida, completamente distinta y con mucho dolor”, recuerda Silvia. Luego se dedicó a lograr que el asesino de su hijo fuera condenado y en ese camino fue conociendo a otras madres que habían perdido a sus hijos en distintos hechos de violencia.

“El dolor es tan enorme, pero después tenés que ver qué hacer: podés dar vuelta la página y no saber más del tema, como conozco a muchísima gente que lo hizo. A mí me haría daño no hablar de Maxi, no hacer algo.”

Con esa premisa junto con un grupo de madres crearon la Asociación Civil Madres del Dolor, para brindar asistencia y contención a familiares de hechos violentos.

“Hacemos esto porque estamos vivas, porque queremos a nuestros hijos y para que haya la menor cantidad de padres que sufran esto -explica-. Lo más importante que hacemos es contener. Cuando llama una mamá, primero la escuchamos y después la aconsejamos: llorá, pero también ocupate de ir a la fiscalía, de buscar los testigos. No podés perder más de 72 horas porque si no no podés demostrar cómo fue el hecho.”

Estas madres encontraron en la búsqueda de justicia una esperanza. “La justicia es sanadora. Por eso les pido a las familias que luchen por la justicia porque eso las va a aliviar. Pero yo también les tiro de las orejas a los jueces. Esa es la función de Madres del Dolor: primero contener y luego asesorar, y decirles para que tu hijo no sea sólo un expediente, el fiscal tiene que conocer tu cara.”

A casi doce años del asesinato de su hijo, Silvia sabe que “la vida ya no es la misma”, pero se aferra a los afectos que quedaron: su otro hijo y su nieto, Tomás. Pero también a todo aquel que necesita ayuda, porque participa en todas las acciones solidarias a las que la invitan y hasta se disfraza de payaso junto a los Payamédicos para darle alegría a los chicos que están enfermos.

“El dolor lo convertimos en esta lucha. Para mí es sanador. Y aunque hay dolor todos los días, también pasan cosas lindas, como que te agradezcan. Es triste el puente por el que llegaste a esto, pero es lindo batallar”, finaliza..

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1628163-salir-del-dolor-de-perder-a-un-hijo-para-ayudar-a-otros 

RENACER: (Grupos de ayuda para padres que enfrentan la muerte de hijos)
https://gruporenacer.wordpress.com/

FUNDACION ERA EN ABRIL: (Organización que brinda apoyo a padres de bebés fallecidos en el embarazo, parto o después de nacer)
http://www.eraenabril.org

FUNDACION MARIA CECILIA: (Ayuda al niño oncológico)
http://www.fmc.org.ar/

ASOCIACION MADRES DEL DOLOR: (Asistencia y contención a familiares de hechos violentos)
http://www.madresdeldolor.org.ar/

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¿Estaré perdiendo la cordura?

.Cuando se trabaja con los dolientes, una de las preocupaciones más constantes es el cuestionamiento de sentimientos, emociones y reacciones hacia la pena.
Frecuentemente escucho “¿estoy enloqueciendo?” Ciertamente, el vasto y abrumador flujo de emociones puede sorprender a quienes se encuentran en las etapas iniciales de duelo. Puede ser aterrorizante, intimidante y confuso. Sin embargo, una de las razones fundamentales por las que los grupos de apoyo son tan efectivos ayudando a los padres al través de su duelo es la confirmación que prestan cuando otros comparten sentimientos y pensamientos similares. Parece que existe una sanación cuando los nuevos dolientes descubren que sus “pensamientos irracionales” no son anormales para los que experimentan una pérdida similar. He aquí algunos síntomas físicos y emocionales comunes para aquellos en duelo:

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“El Enfoque Centrado en la Persona y los hijos.” (Ana Goldenberg)

Quiero compartir con todos ustedes éste excelente artículo escrito por la Clr Ana Goldenberg acerca de los mitos y realidades del Enfoque Centrado en la Persona aplicado a la crianza. ¡Me sentí tan identificada! No quiero que se lo pierdan ya que puede ser de mucha ayuda.

“Cuando me veo como parte de un proceso, advierto que no puede haber un sistema cerrado de creencias ni un conjunto de principios inamovibles a los cuales atenerse. La vida es orientada por una comprensión e interpretación de mi experiencia constantemente cambiante”.

Carl Rogers

Olivia tiene un año. Yo tengo cuarenta y tres.

Lo malo de ser una madre vieja, además de los dolores lumbares y la poca resistencia al mal sueño, es que una tuvo muuucho tiempo antes, no solo para vivir la vida sin esclavitudes ni apegos ni miedos tan enormes… sino también para pensar, opinar y por qué no, juzgar lo que veía a su alrededor acerca de la crianza de los niños. Qué mal lo hacían todos, empezando por los propios padres. Y nuestras amigas, la señora que iba con ese chico por la calle y la vecina con su bebita también.

ECP y crianzaFlagelos tales como exigirle al niño más de lo que puede, depositarle expectativas e inseguridades propias y –Dios nos guarde– repetir errores de papá y mamá, eran cosas que no le ocurrirían a una. Porque una estaba prevenida. Una había observado y había pensado. Total… no estaba ocupada teniendo que criar un bebé.

Y después viene la criatura.

Cuando Olivia cumplió quince días, yo ya había cometido, magnificadas, la gran mayoría de las barbaridades que le había criticado a mi mamá. Es decir, lo que mi madre tardó cuarenta y dos años en perpetrar, a mí me tomó apenas dos semanas.

Ciertamente parir como si se estuviera enferma, en una institución, rodeada de desconocidos y en una camilla inmovilizante, reconozcamos, poco ayuda a lo que en nosotras mujeres queda de instintivo, de animal, de lo que fuera que se supone que debemos saber. Pero esa es parte de otra historia: la de cómo un acto que implica exactamente las mismas hormonas que su antecesor se convierte en su opuesto. O en castellano: que al compartir la misma fisiología, el acto de parir debería ser lo más cercano que conocemos al acto de concebir: intimidad, encuentro, placer. Pero repito, esa es otra historia.

Volvamos a Olivia y yo, que nos encontramos en un quirófano frío a la una y media de la mañana. Del instinto que se supone me condujo hasta ese momento… yo, ni noticias.

Entonces empecé a leer desesperadamente (en los minutos que Olivia me dejaba libres entre calmarle el llanto, amamantarla, dormirla, cambiarle los pañales, volver a calmarle el llanto y tratar de sobrevivir yo misma sin tomar un antipsicótico) todo tipo de literatura sobre crianza buscando una pista, un dato, ALGO que me explicara qué hacer con ese bichito hermoso e incomprensible que se acurrucaba en mi pecho con forma de ranita.

Entre todo lo que leí estaba la literatura del pediatra español Carlos González, a quien el padre de Olivia acusa de “enviado, sobornado y controlado por la mafia infantil” ya que está a favor de todo lo que el bebé pida: tomar la teta ciento cincuenta y ocho veces por noche, dejar de trabajar para dedicarse sólo al niño, que coma si quiere y si no, no, que duerma en la cama de sus padres… En definitiva, que sea el niño el que según sus necesidades, vaya marcando los ritmos. TODOS los ritmos.

González intenta contrarrestar la dureza del Dr. Estivill, autor del traumático “Duérmete Niño” (algo así como “Cúrtete, niño”) y que vendría a ser una especie de entrenamiento militar del bebé: tiene que aprender a dormir solo, en su cuarto, de tal a tal hora, y de tal y tal manera. Y que llore. Y así a comer. Y así a todo. Por supuesto, estas son reducciones salvajes y antojadizas de teorías y métodos más desarrollados, pero que en definitiva proponen más o menos lo que acabo de relatar. Gracias al cielo también están las Guías Inútiles Para Madres Primerizas (volúmenes 1 y 2), de Ingrid Beck y Paula Rodríguez, que todo lo relativizan y de todo (o casi) se ríen.

También, cómo no mencionarlas, existe un ejército de mujeres profesionales, vocacionales y ambas, que intentan contrarrestar la perdida de sabiduría de la tribu apoyando a sus congéneres, acompañándolas a parir a veces en sus casas y otras veces en las situaciones más hostiles, a veces apenas compartiendo una mirada, visitándolas en horarios imposibles (un sábado a las once de la noche por “emergencia de lactancia”, por ejemplo), juntándolas en grupos, atendiéndolas por teléfono aún sin conocerlas y tratando de ayudar como saben, pueden o creen. El problema es que entre ellas tampoco están de acuerdo: unas piensan una cosa y otras otra, otras algo parecido y otras simplemente te abrazan hasta que te sientas mejor. Mujeres enormes, madrazas o compañeras, que ostentan títulos como “doula”, “puericultora”, “especialista en crianza” o simplemente vocacionales del acompañamiento y la ayuda que no quieren o sienten que no deben dejarte sola. Entre ellas están (en Buenos Aires) las enormes Melina Bronfman, Roxana González, Graciela Scolamieri, Laura Krochik, Violeta Vázquez, Paula Chaqui… todas acreedoras, cada una en su medida, de un buen pedacito de la enorme sonrisa de Olivia. Pero de pedacitos diferentes que la madre (yo) fue juntando como pudo, como encontró, como le salió.

Entonces allí estamos: la pequeña creación que una apenas puede reconocer como propia de tan parte de una que la está sintiendo, y una. Cara a cara. Berrido a berrido. Esos ojos que son pura pregunta, y una sin ninguna respuesta que clasifique como “posta”. ¿La levanto o no la levanto? ¿Cuánta teta le doy? Y más tarde, ¿la obligo a comer ahora que no quiere y le niego la comida después? ¿O mejor le doy de almorzar a las cinco de la tarde porque me lo está pidiendo y si tiene hambre a las dos de la mañana me levanto y le caliento la vitina con quesito?

Cuando el bebé es chiquito, todos hablan del instinto maternal. Que si lo tenés, que si la cesárea o la sociedad de consumo te lo enajenaron, que si tiene razón la doula o el pediatra. Cuando ya es un poco más grande, es peor aún: qué pensás enseñarle que es la vida. Porque es eso lo que está en juego, y nada menos: lo que vos hagas con las necesidades, demandas y emociones de esa criatura, es lo que ella va a aprender que es la vida. Tranqui, no te sientas presionada, ¿eh? Vos relajá.

Y una, madre perdida entre la presión, el instinto, el enorme deseo de hacer feliz a esa maravilla que le cayó entre los brazos y los infinitos autores intermedios entre González y Estivill, se desespera buscando alguna verdad en la que pueda confiar. Y termina descubriendo, como siempre, que la única verdad en la que se puede confiar es… que no las hay.

En medio de toda esta confusión de hormonas, teorías y juicios, me encuentro con que ya no creo en muchas de las cosas en las que creía, con que muchas de las que no creía… bueno, por ahí no están tan mal, y que si tengo que buscar algo de qué agarrarme, una vez más aparece el Enfoque Centrado en la Persona de Carl Rogers, sentadito en la primera fila y sonriéndome con su infinita calidez.

Recapitulando:

En una nota anterior, hablamos de las tres condiciones básicas que el enfoque rogeriano considera imprescindibles para potenciar lo mejor de una persona. Empecemos por donde empecemos, las mismas tres parecen saludables a la hora de enfrentar los ojitos limpios, pestañudos y preguntones de la hermosa Olivia.

Aceptación Positiva Incondicional:

Olivia es una niña que ya tiene las cosas muy claras: quiere esto y esto no. Y su expresión de disgusto es severamente riesgosa para la audición de quien ande a menos de cien metros de distancia. Cuando la bella se molesta, sangran los tímpanos de todo el vecindario.

También hace una cantidad de cosas que resultan, digamos, inconvenientes: intenta barrer con la escoba que le golpea la cabeza con el palo (¿se lo imaginan?); se trepa al sofá y quiere bajar caminando, y en este mismo instante lucha por arrebatarme la computadora. Ahora explíquenme cómo se hace para aplicar esto de la aceptación positiva incondicional en vez de atarla a la cama hasta terminar de escribir.

Bueno, según Rogers, esta aceptación positiva nada tiene que ver con aprobar ni permitir cualquier cosa que manifieste el sujeto (en este caso, la sujetita). Si Olivia odia irse a dormir y por eso grita como si fuera una sirena policial, yo no tengo por qué aceptar que se quede despierta hasta las cinco de la mañana ni que me perfore el tímpano. Pero eso no significa que condene el hecho de que ella se sienta así.

Discriminar la conducta, el sentimiento y el JUICIO SOBRE AMBOS es algo tan fundamental como desafiante. Porque la verdad es que al decimoquinto grito uno la quiere matar, y punto.

O sea que mientras intento, como sea, pueda y la viveza criolla me aconseje, hacer que la criatura logre conciliar el sueño, trataré de que no sienta que la estoy juzgando por sentirse frustrada y enojada, solo que tendrá que procesar ese sentimiento y dormirse de una maldita vez.

Es importante que yo misma tenga presente que Olivia tiene derecho a sentir rabia porque tiene derecho a sentir lo que quiera, porque sus sentimientos son suyos, y que tiene derecho también a manifestar lo que siente siempre y cuando no sea de una forma destructiva. Esto significa también que, tal como lo explica Dorothy Corkille Briggs en su hermoso libro “El Niño Feliz”, intentaré proporcionarle medios saludables, constructivos e inofensivos para descargar su ira, su frustración o aquello que esté sintiendo, sin juzgar, opinar ni mucho menos condenar los contenidos de lo que exprese.

Aceptación positiva incondicional es entonces entender a tu hijo no como un animalito al que hay que domesticar enseñándole qué es bueno sentir y qué no, sino como alguien cuyo derecho a la individualidad y a la experiencia subjetiva hay que respetar y cuidar; enseñándole qué conductas son viables y cuáles no para procesar su propia vivencia.

Empatía:

A diferencia de lo que comúnmente se entiende por simpatía, la empatía rogeriana no se refiere a proyectar mis sentimientos, por buenos que sean, sobre la vivencia del otro (desear que se sienta mejor, pensar cómo ayudarlo, juzgar si tiene o no motivos para sentir lo que siente, etc.) sino de ponermeliteralmente en sus zapatos por un rato, mirar el paisaje tal como se ve desde su ventana, y de alguna forma comunicarle que lo veo.

Esto presupone el reconocimiento de la existencia del otro como individuo separado, cuyos sentimientos, emociones y formas de vivenciar el mundo son únicos, particulares y solo pueden medirse bajo su propio parámetro.

Familia¿Por qué es importante la empatía? Porque el de la vida es un viaje incierto y difícil, en el que estamos solos y a veces muy desorientados. Porque nuestro mapa es único e irrepetible, y nadie puede darnos la ruta segura para nuestro trayecto personal. Y necesitamos el alivio de sentir que alguien puede, si no darnos la respuesta, al menos comprender nuestra pregunta. Necesitamos de la intimidad psicológica que genera el saber que hay alguien capaz de tomar la mano de nuestra alma y acompañarnos en un pedacito del viaje. Dice Dorothy Corkille Briggs: “La empatía significa que otra persona ha penetrado en nuestro mundo”.

Nadie necesita sentirse más comprendido y acompañado en el intenso y aventurado camino de descifrar este mundo y el propio mundo interior que un niño. Y por alguna razón, por varias razones en realidad, con nadie es más difícil ser empático que con los propios hijos.

El hijo, ese pedacito de uno mismo que tiene en vilo nuestro corazón, nuestra alma, nuestro sueño (literalmente, nuestras pocas y valiosísimas horas de sueño) y nuestra salud mental, es lo más difícil de reconocer como un otro separado de uno después de la simbiosis que tuvimos en la adolescencia con nuestra mejor amiga o con nuestro novio. No hay nada, nadie, ninguna cosa con vida o sin ella que sea objeto más directo de todas nuestras proyecciones, prejuicios, complejos, miedos, experiencias y más y más etcéteras que la criatura que acabamos de depositar sobre el planeta.

Lo que yo creo que debiera ser un niño de cinco años o una pesadilla de catorce (no, no soy prejuiciosa, soy realista), está necesariamente atravesado por lo que yo fui a esa edad. Ya sea que crea que debe ser como fui yo, o lo contrario, o lo que mis padres creyeron que debía ser, o lo que quise ser y no logré… ¿Cómo hago para ver, a través de tanta niebla de emociones, ideas, recuerdos, represiones, olvidos, al pichón de ser humano que se desarrolla frente a mí, que no soy yo y que tiene todo un universo propio en el que yo soy sólo un factor?

También está todo lo que entendemos como “experiencia” o “madurez”: aquello que creemos que sabemos. Lo que aprendimos a lo largo de nuestro esforzado camino para ser quienes somos. NOSOTROS. Quienes somos nosotros. No ellos. Y esto sumado a los valores que tenemos hoy, gente grande que tiene que llegar a fin de mes, desarrollarse profesionalmente, cocinar para la cena… y criar a un niño.

Cuando Olivia grita de frustración porque no logra atravesar la pared empujando una silla, yo tengo dos opciones: o trato de explicarle que no vale la pena ponerse tan mal por eso (ya sea desde la “madurez” de saber que la pared no se puede atravesar o desde mi propia visión de que “para qué querría hacerlo”), o trato de comprender lo que ella está sintiendo, del modo en que lo está sintiendo… que probablemente no sea exactamente lo que sentí yo cuando me pasó a mí a su edad, porque Olivia es más cabeza dura que yo, o tiene más deseo, o tal vez más fuerza y sabe que si empuja un poquito más va a lograr romper la pared. Es decir, la empatía significaría entender que Olivia tiene su propia forma de vivir lo que está viviendo, y desde allí tratar de ayudarla a resolver su frustración sin imponerle mi experiencia como niña ni mis conceptos de adulta.

Congruencia:

La congruencia, dijimos en una nota anterior, refiere a una correcta representación en la conciencia de aquello que uno está sintiendo; es decir, no creer que uno tiene frío cuando tiene calor. Y esta representación es fundamental para que el motorcito que nos conduce hacia nuestro propio crecimiento pueda funcionar adecuadamente. O sea, para que seamos medianamente felices.

Si Olivia enloquece de furia porque odia ir sentada en su cochecito y yo trato de convencerla de que ir en el cochecito le encanta, la estoy estafando. Claro que necesito que ella se siente en su cochecito porque mi brazo no resiste llevarla a la plaza a upa ni una sola vez más, pero a ella NO LE GUSTA ir en el cochecito. Y estos son dos hechos separados. Como yo soy su mamá, es decir su principal referente, espejo y traductor del mundo y de sí misma, Olivia tiende a creer de manera sorprendentemente literal en las cosas que yo le digo (por lo menos hasta su adolescencia, que entiendo comienza actualmente alrededor de los nueve años…). Si le digo que es cabeza dura, lo más probable es que me crea. Si le digo que es inteligente, linda o malvada, me va a creer. Y si le digo que lo que le gusta lo que en realidad no le gusta… probablemente me crea también. Lo cual no significa que su experiencia vaya a cambiar, sino simplemente que la va a traducir de manera distorsionada: cuando se sienta mal con respecto a algo, pensará que eso es sentirse bien. Que eso le gusta. Listo, le estoy haciendo un favor genial.

Claro que es más complicado el camino de reconocer “vos odiás ir en el cochecito y yo te voy a imponer que lo hagasl”. Pero la verdad es esa, y la verdad es algo muy valioso para una cabecita en formación, ya que la percepción excede las palabras y cuando algo hace ruido pero no es nombrado, genera bastante confusión, por decir poco.

El problema, una vez más, somos nosotros mismos: si yo no soy capaz de reconocer adecuadamente y aceptar mis propios sentimientos, difícilmente podré hacer lo mismo con los de Olivia. Es decir, si no puedo tener un funcionamiento congruente (lo cual implica, por ejemplo, reconocer a pesar de la culpa que hay momentos en que quisiera dejarla encerrada en casa y salir corriendo, y aceptar y procesar también que no puedo hacerlo a pesar de lo que siento), tampoco puedo favorecerlo en ella.

CONCLUSIÓN:

Si creo que el enfoque rogeriano es el camino hacia la autoaceptación, el autorrespeto y el desarrollo del potencial de mi hermosísima Olivia (¿ya les dije que es hermosa?), es imprescindible que yo misma busque la forma, como madre, de revisar mi propia historia, de comprender mínimamente mis emociones actuales y de aceptarlas.

Si no soy capaz de aceptar las emociones de Olivia, ella también aprenderá a rechazarlas. Y si no soy capaz de aceptar las mías, difícilmente podré aceptar las de ella.”

Autora: Ana Goldenberg (Counselor)
Fuente: www.rogersyotrasyerbas.blogspot.com.ar  
Facebook: www.facebook.com/anagoldenbergconsultoria

 

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Taller- El Enfoque Centrado en la Persona aplicado a la crianza

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